The long and windy road

Quien me mandaría a mi dejar a la preciosa asiática que acababa de conocer hacía pocas semanas en Bali, para embarcarme rumbo a Australia en un viaje de más de 7000 zigzageantes kilómetros por sus entrañas? Por supuesto, el coronel, aka Jaimito Green.

“A sus órdenes mi coronel!” Le dije, y nos subimos a un avión con destino a Darwin. No se si fue la impresión de despegarme de esa guapísima asiática, que luego se convertiría en mi mujer y la madre de mi hija, o simplemente el cambio del calor húmedo de Bali al calor seco australiano, pero lo cierto es que mis primeros días en Australia fueron con 39 de fiebre y placas en la garganta.

Tras superado el pequeño bache, el cual nos ayudó a planear un poco nuestro roadtrip, Jimmy y yo ya estábamos en ruta. La montura: un landcruiser con techo sobreelevado donde teníamos un pequeña casita rodante. La idea original era bastante sencilla: ir hasta Uluru (la piedra más grande del mundo) y luego encontrar una manera de conectar con la costa este. Destino final: Brisbane.

Los 2 primeros días fueron literalmente un bocata de carretera y manta. Lo que al principio parecía no tan lejos en el mapa, acabó convirtiendose en una experiencia gran hermano de turnos de conducción mientras el otro se curraba un sandwich. Carreteras hechas con tiralíneas y un promedio de 1 coche por hora.

Aunque esperábamos encontrarnos peculiares formaciones rocosas, tipo el paisaje de Arizona, lo cierto es que durante cientos de km. sólo las encontramos en miniatura…

Finalmente, tras muchas horas conduciendo, llegamos a Uluru. La primera impresión fue algo decepcionante. Pese a ser territorio sagrado aborigen, la comunidad originaria “ha cedido” al gobierno australiano la gestión del parque. De cada entrada de 50 AUD, 3 van para la comunidad y 47 se los queda el gobierno en concepto de “gastos de gestión y mantenimiento”. Al margen de esa tomadura de pelo a la población aborigen, los australianos han convertido Uluru en un parque temático, con bastante poco respeto en la práctica por el significado sagrado que este lugar tiene para sus habitantes originarios.

Cara de medio decepción en la carretera interior del parque nacional, con Uluru al fondo.

Pero lo cierto es que el lugar desprende una energía muy poderosa. Por mucho que el australiano medio, tipo dominguero cervecero barrigudo con una autocaravana tamaño autobús, haya trasformado la superficie del lugar en una especie de versión hortera de lo que fue, lo cierto es que Uluru sobrecoge, una vez que lo caminas, lo tocas, lo sientes.

Otra ventaja: está al lado de las Olgas, otra formación rocosa de formas redondeadas de intenso color rojo. Para aprovechar el día, me desperté al amanecer y nos fuimos a caminar los allí con el frescor de la mañana. La idea era salir a última hora de la tarde con destino a Watarka (aka King´s Canyon).

Amanece con Uluru al fondo, foto tomada tras el primer pis de la mañana, aún con la legaña en el ojo.

…y ya con un cafecito caliente esperándome en la mesita plegable: las Olgas.

Fué más o menos entre Las Olgas y Watarka cuando tomamos plena consciencia de que lo que estábamos haciendo era demasiado. Muchos kilómetros para pocos días… signos de fatiga de tanto conducir y algo de irascibilidad. Jaimito pasó a la actitud pasiva: siestas, mucho sandwich, más siesta… Yo la verdad, tenía muchas ganas de caminar, así que empecé a ir por libre. No quería forzarle a caminar, pero tampoco quería limitarme; lo cierto es que había unos buenos senderos que recorrerse.

Vista parcial de una de las paredes del cañón Wartarka
Todo contentorro en la pozita de agua mineral que ellos llaman “heaven´s pond”… lo cierto es que un verdadero placer celestial darse un chapuzón en ella tras los sudores de un camino con muy poca sombra (de ahí lo del turbante…)

En fin, que el outback nos empezó a cansar porque no era un lugar donde poder disfrutar tumbado al sol de relax (más moscas por metro cúbico que en cualquier otra lugar del planeta, calor seco y polvoriento), y a Jimmy era lo que le apetecía. A mayores, los precios son a veces más del doble (sobre todo la gasolina) que en la costa… así que no nos lo pensamos más y pusimos la directa hacia la costa nordeste. Como un campeón, me hice unos 2000km en 24 horas, con una “siesta” de algunas horitas por el camino.

Plenty Highway, la ruta que nos llevó hacia la costa. Lo cierto es que no tiene nada de plenty ni hada de highway…

Tras la epopeya, la verdad es que el esfuerzo mereció la pena. Tan buena impresión nos despertó la costa llena de playas salvajes y poca gente, que decidimos cambiar el billete de regreso para una semana más tarde. Llegamos un poco más al norte de Agnes Water, un pueblecito tipo marina, con mucha ondita “de regatas”. Aunque no es lo que más me apasione, pocos km al sur había unas playas de escándalo y quizás porque todo el mundo estaba “de regatas” pues teníamos casi toda la playa para nosotros.

Workman´s Beach, en 1770 (es el nombre de un pueblo). Una de las muchas playas desiertas que nos encontramos en nuestra ruta costera hacia Brisbane.
El sol se pone sobre la costa de otra playa de la cual ya ni recuerdo el nombre.

Reflejos del lienzo celeste sobre la baja mareal de Frenchman Beach, en Stradbrooke island.

Si estais planeando un viaje a Australia, sed muy conscientes de que es una isla continente inmensa. La costa está llena de lugares impresionantes, tantos, que no os será posible visitar todos. Por otro lado, el interior tiene rincones impresionantes, pero entre ellos hay gigantescos espacios vacíos, donde lo único que encontrareis es polvo rojo y moscas, muchas moscas. A mayores, los precios están desorbitados en el interior, ya que se aprovechan de que son la “última estación de servicio en las próxima 120 millas”. Encontrareis carteles de ese tipo en todas partes.

La manera en la que el australiano medio trata al aborigen es bastante desagradable. Hay un serio poblema de alcoholismo en mucha gente aborígen, al parecer les falta una encima en el higado o algo por el estilo, lo que hace que desarrollen mucha adicción al alcohol y éste les afecte mucho más. También es cierto que os encontrareis zonas donde se ha sustituido la gasolina por otro componente inoloro, ya que muchos aborígenes se “colocaban” con ella. Pero todo eso es excusa para el desprecio que se respira entre la población blanca hacia la población aborigen. Yo considero que todos estos males que afectan al aborigen no son causa, sino efecto de la manera en que los blancos han tratado a esta fascinante cultura.

Por supuesto, no quiero generalizar, hay mucha gente sensible y encantadora entre los australianos… pero junto a ella vereis otra bastante racista, prepotente, ignorante y algo bruta. Sin embargo, no es justo catalogar a la gente de Australia por culpa de estos individuos. Por supuesto, en las ciudades la gente es mucho más cosmopolita y de ideas progresistas…pero claro, es que tampoco conviven en el día a día con la población aborigen. En el interior, es donde percibes más ese racismo que sigue latente con la población que debería ser legítimamente dueña de esa tierra. Lo maravilloso es que, como la mayoría de culturas indígenas de este planeta, no se sienten dueños sino parte de ella. Esta idea tan avanzada para el hombre blanco, ha sido a la vez un arma de doble filo que ha desposeido al aborigen de su libertad, su modo de vida y su tierra.

Al margen de todo esto, como conclusión final he de reconocer que Australia es un lugar que merece mucho la pena conocer  e, incluso, es un lugar donde te puedes plantear quedarte a vivir y prosperar. Os dejo con un vídeo que hice de este viaje, para dejarme de tanta seriedad y acabar con un toque de cachondeo.

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