Vuelvo al Sur

En las navidades de 2009, volví al mismo lugar donde las había pasado 5 años atrás: San Juan del Sur, en Nicaragua. Un lustro no parece mucho, pero mi vida era algo totalmente diferente…y poco tiempo después descubrí que el lugar también había cambiado de lo lindo.

La mayor de mis penas en este segundo viaje fué no tener tiempo suficiente para ir a perderme un rato por la mágica e infinita isla de Ometepe, en el lago Nicaragua. Aún recuerdo a mi gran amigo Nica (aka Josep) montado en la moto de un primo suyo, recorriendo la pista de terracería del lado oriental de la isla, buscándome, mientras yo caminaba junto a una pandilla de “jipis permacultores” de diversas nacionalidades con las que estaba compartiendo aventura en ese momento. Menudo chapuzón más majo nos dimos en Ojo de Agua. Aishh, de Ometepe tendré que hacer otra entrada en este blog algún día, pero quizá espere a volver por allí, ya que ahora mismo no tengo ni una sola foto del lugar, solo hermosas memorias.

Hoy toca San Juan del Sur, el destino de playa y olas del extremo sur de la costa pacífica nicaraguense.

Ahí estaba yo, mirando la inmensidad de esos atardeceres de nuevo, rascándome la perilla y pensando qué me depararía la vida en otros cinco años más.

San Juan del Sur tiene unos atardeceres apabullantes. El pueblo en sí es una pequeña comunidad de pescadores y gente trabajadora, muchos de ellos orgullosamente sandinistas. Recuerdo que la primera vez que fuí, allá por 2004, me hospedé en una pequeña pensión que se llamaba “la marimba”. La dueña, una mujer joven de no más de 35 años, tenía una nutrida colección de libros dispuestos en una estantería, tras la mesita del comedor donde los huespedes nos solíamos sentar a tomar café.

Más por hacerme el interesante que otra cosa, empezé a ojear los libros que había… y allí lo ví: Las venas abiertas de América Latina,  de Galeano. Mis dedos se pegaron a él como un imán. Fue sacarlo de la estantería y empezar una de las más interesantes conversaciones que tuve en todo el viaje. Una de esas conversaciones que empiezas intentando demostrar que “tu también sabes algo del tema”, pero que enseguida te quitas la careta y escuchas primero a la hija y, tras una hora y 2 cafés, al padre, que entra por la puerta del hospedaje porque ella lo hizo llamar.

Los cafés se convirtieron en rones al tiempo que la tarde se convertía en noche.No hay mejor manera de enterder a un pueblo, que escucharlo de viva voz, emocionado, contando todo lo que significó para una generación de nicaraguenses aquella revolución.

Tras “arreglar el mundo” hasta bien entrada la noche,  haber cantado varias consignas sandinistas, un hai Carmela y por supuesto un “miudiño miudiño”, nos despedimos con un buen abrazo y una recomendación de esas “que no le digo a los gringos que vienen por acá”.  Playa Hermosa. Un arenal al sur del pueblo del que no os voy a explicar más cómo llegar, ya que a esos sitios no se llega… esos sitios se descubren. El nombre lo dice todo.

Un par de días después, ya había encontrado a quien alquilarle una camioneta por un buen precio. La llené con el grupo de mochileras con el que me estaba moviendo en ese momento (que pena haber perdido sus contactos, pero por aquel entonces el feisbu no era más que una paja mental de un adolescente con acné y pocas amigas), y nos fuimos pitando a pasar el día. Menudo descubrimiento, uno de esos sitios en los que pretendiendo perderte del mundo, acabas encontrandote contigo mismo.

Un paseo en bici es una manera ideal de conocer el pueblo, descubrir sus pequeños secretos, hacer amistades, e ir a comprar los increíbles rollos de canela que venden en una pequeña pastelería cerca de la plaza del ayuntamiento.

Hay otro lugar que merece la pena visitar, sobre todo si te dedicas a esto de cazar olas… o dejar que ellas te cacen a ti. Se llama Playa Maderas, aunque lo cierto es que toda la Bahía Majagual donde se enclava, es una auténtica belleza.

Los reflejos de la baja mareal a lo largo de la bahía. Playa Maderas está en el extremo sur de la misma. Al tener mucho más oleaje y corrientes, la barca que te lleva hasta allí, te deja en el otro extremo de la bahía. Lo cual es perfecto, ya que te da la oportunidad de ver con detalle toda la belleza de la misma.

Yao Hua tras una buena sesión de olas en Playa Maderas

La primera sorpresa de mi segundo viaje a San Juan del Sur fueron los precios. Todo estaba muchísimo más caro: en 5 años muchas cosas habían casi triplicado su coste. Muchos de los rincones mágicos que había descubierto en mi primer viaje, habían desaparecido. Fui intencionadamente a buscar de nuevo el hostal la Marimba: cerrado a cal y canto. No quedaba ni el letrero. Muchos de los hostales que antes costaban 5 dólares, ahora costaban 15… y no habían ni pasado una nueva mano de pintura al mugriento y húmedo techo.

Todo eran tiendas nuevas, enfocadas al guiri. Había incluso varios carteles en negocios que versaban “Real Estate agent, own your piece of SJ”. “Que manía con las abreviaturas, por favor”, recuerdo que fué el primer pensamiendo que cruzó mi cabeza.  No me extrañaría que ahora ya hubiese un starbucks coffee abierto por allí. Yo no tengo nada con los guiris, algunos de mis mejores amigos lo son y es un país que, pese a todo, está lleno de gente estupenda y paisajes maravillosos. Pero a ver, nosotros no vamos allí y les cambiamos la esencia de un lugar.

Cuando vamos allí (y yo me he pasado 3 meses viajando por los Estados Unidos) nos adaptamos a su idiosincrasia (sino, vamos listos). Incluso la tan manida excusa del “boom latino” allí, no es más que el cuento del “mismo vino en diferente botella”.  Miren señores, la industria del “entertainment” norteamericana, se devora algo, lo digiere lentamente como si una hamburguesa del macdonalds se tratase, luego se tira un cerullo y dice “ladies and gentlemen, this is the real latino spirit”. Vamos, que no… que lo de ver todo el mundo a través de las gafas de tu cultura se llama etnocentrismo.

Prueba fehaciente de que no tengo ningún resquemor contra Estados Unidos y sus ciudadanos. Aquí haciendo el salto de la victoria tras un día de buenas olas con un grupo de gringas encantadoras que estaban aprendiendo a surfear.

Y esa fue mi pequeña pataleta en San Juan del Sur en 2009: ver cómo en vez de charlas con sandinistas encantadoras, solo quedaba una versión descafeinada de todo aquello y un montón de gente que solo pensaba en una cosa: dinero rápido por servicios desproporcionadamente caros y carentes de esa esencia tan sabrosa que tenía este pequeño pueblo.

Ni que decir tiene que no intenté siquiera volver a Playa Hermosa. Ese es un recuerdo que quise mantener intacto.

Pese a esa pequeña desilusión de ver como muchos de los lugares maravillosos de San Juan del Sur se habían “convertido” al capitalismo puro y duro, aquel último atardecer antes de cruzar la frontera a Costa Rica, supe que irremediablemente volvería al Sur.
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