Bye Bye Bali

Tras 9 meses en este rincón tan especial del planeta, nos vamos con la idea en firme de volver, pero solo de visita, no a vivir…al menos por una larga temporada. Los motivos que nos han llevado a esto? Principalmente no son racionales, que los hay, sino emocionales.

De los motivos racionales para sopesar vivir en Bali, ya traté en una entrada reciente que se llama “vivir en Bali”. En esta otra voy a escribir una especie de epitafio emocional. Una oda a lo que pudo ser y a lo que siempre será.

El círculo completo

Siempre se ríe cuando le digo que el mar me llevó hasta ella. Que era un naufrago de la Nao Amor y que un golpe de viento me trajo hasta su orilla. Que al principio no comprendía por qué ese no saber caminar por la arena ante la dulce mirada de sus pequeños ojitos de almendra. Que ese salvavidas en forma de paipo, al que me había agarrado para sortear la peor tormenta de mi vida, me había llevado hasta las costas de mi tierra prometida.

Se ríe. Y golpea suavemente mi cocorota con la yema de sus dedos. “No fue el mar”, me dice, “fueron una pandilla de alemanes que te invitaron a ir remando hasta Balangan”. Pero ella sabe perfectamente que fueron las olas del mar las que me invitaron a remar hasta su playa. Esa ola, tao, nagual, zen…lo innombrable! La certeza de que hay algo más, la sensación de acariciar la falda de seda de la eternidad.

Una afortunada tarde de primeros de marzo, invitado por una pandilla de alemanes surferos, me fuí remando hasta una playa que se llama Balangán. Lo hice desde la vecina playa de Dreamland. En marea baja, como muestra la foto, se puede también ir caminando.

La ola de la vida, que te llama y te lleva a veces a encontrarte a solas con tus miedos. Esa misma ola que otras veces deja que cabalgues su cresta hasta entrar en un estado de vacuidad, ubicuidad, plenitud. Ese pequeño buda que se esconde tras la cortina líquida. Esa ola me llevó hasta ti, mi Amor. Y fue todo el océano quien empujaba mi tabla.

“Tengo la sensación de que podría enamorarme de ti muy fácilmente”,  le dije en la segunda cita. Esa noche, en la soledad de mi habitación en un hotelucho de Kuta, pensé si no me habría precipitado demasiado. A la mañana siguiente, camino de Padangbay para subirme a un ferry que me llevase a la isla de Lombok, seguía sin poder quitármela de la cabeza. “Quizás la he asustado”, pensaba. “Qué clase de pirado le dice algo así a una chica que acaba de conocer”. Llegué a esa preciosa isla cabizbajo, sumido en un montón de dudas.

Dos días después, volvía a estar en el muelle de Lombok, esperando un ferry. Pero no eran sus oxidados motores los que empujaban ese barco made in Corea, era esa misma ola mística, la pura voluntad del océano hecha ondulación. Con gafas a lo Brigitte Bardot y una mochila rosa bajaba por la pasarela hasta tierra firme. Allí estaba.  “Es una princesita oriental”, me dijo una voz interior.

Nunca supe si todo entre nosotros iba muy rápido, o que el mundo alrededor iba a cámara lenta. La única certeza es que ambos íbamos al mismo ritmo. Era como estar sentados en una tabla, una frente a otro, dejando que el vaivén de las olas nos meciese al mismo tiempo. Los dos veníamos de un lugar parecido aunque distante. Ambos habíamos remontado incontables series de olas desde dos distantes playas, hasta llegar finalmente a la misma rompiente, dispuestos a no disputarnos las olas, sino a compartirlas.

Sin embargo, tras las primeras surfeadas, había algo que no funcionaba del todo. Estábamos tan cegados mirándonos de arriba abajo, que nos olvidamos de que en el mar, siempre hay que estar atento. Las olas no esperan, y no hacen ruido hasta que estallan frente a ti. Marinero que no sabe navegar en las corrientes del destino, mejor que se quede en tierra. Alguna ola nos empujó lejos de nuevo. Nos llevó nuestro tiempo aprender la única lección que debíamos aprender, antes de soltar todo ese lastre de pasados naufragios y poder reencontrarnos allí donde pertenecíamos:

El Amor, no consiste en mirarse el uno al otro, sino en otear juntos al horizonte.

Tras una nueva remada, volvimos juntos a Balangán. Ahí, en medio de esa playa a orillas de la eternidad, una ola nos susurró esa verdad universal, y al mirar hacia el horizonte, vimos la luz del atardecer, lo suficientemente luminosa como para resaltar la belleza del mundo, lo suficientemente suave como para  no herirte al mirarla directamente. Y en esa visión, fuimos capaces de entender el sentido de nuestro encuentro, la trascendencia de ese momento. Sin palabras, ni falta que hacían, comprendimos que a eso también se le llama familia.

En ese instante, esa vieja y sabia alma que nos rondaba, decidió volver a este mundo a través de nosotros. Padma se anunció una tarde en Nusa Lembongan, cuando su mamá apoyó su hombligo en mis lumbares mientras recorríamos en vespa una pequeña pista a orillas del mar. Al tiempo que el sol de ponía, un escalofrío recorrió toda mi espalda hasta retumbar como un gong en el más elevado chakra del que soy consciente.

En la tierra de mis orígenes, la puesta de sol simboliza la muerte y la resurrección. Muerte de una vida pasada para dar inicio a una nueva. Los peregrinos que desde el origen de los tiempos llegaron a las costas de Galicia, lo hacían con la esperanza de empezar una nueva vida; y por ello, al atardecer,  en el cabo del fin del mundo, hacían un pequeño fuego donde quemaban algo que venían cargando desde el inicio de su camino. Una hermosa manera de desprenderse del pasado y entregarse con las manos vacías y el corazón limpio al día del mañana. Es por ello que aquí en Galicia, lo que llamamos la costa de la muerte, es en realidad la costa de una nueva vida.

Y es por eso que aquí, cerca de la costa que me vio nacer, hemos visto nacer una nueva vida. Nuestra hija. La flor de loto que crece de las profundidades del estanque hacia el radiante sol,  para inspirar con su belleza al mismísimo Buda.

Padma se anunció con la llegada de la primavera, cuando los días empiezan a crecer, el sol empieza a calentar de nuevo, y un nuevo ciclo comienza. Nació en un pequeño mar del hospital do Salnés. Pero no eran las burbujas del jacuzzi, ni la voz de la matrona guiando a Yao Hua en el parto; fue el empuje de todo el Océano quien trajo a este mundo a nuestra hija.

Ahora, cuando me mira con sus ojitos, veo esa nueva vida que trae consigo, y al alzar mi mirada de nuevo al horizonte, veo el mundo con la luz del atardecer.  Cuánta belleza.

En la cultural oriental, un bebé nace al cumplir su primer año. Por ello decidimos venir a pasar el primer cumpleaños de Padma a Bali, lugar donde nos conocimos y lugar donde la concebimos. Allí, en Balangán de nuevo, celebramos su nacimiento de nuevo.

Padma se quita sus gafas de sol y posa para la cámara en Balangan el día de su cumple;  metiendo barriga para lucir mejor… que presumidiña me es!

En Bali nos conocimos, y de una manera fulminante nos enamoramos hasta el punto de sentir que nuestro encuentro tenía un significado más allá de dos personas que se gustan. En esa primera vez, soñamos con Padma.

A Bali volvimos a vivir durante 7 meses, hasta que Padma decidió colarse en nuestras vidas. Esa segunda vez, recibimos a Padma y nos convertimos en una familia.

De Bali tenía que ser Padma de un modo u otro. Por eso, la tercera vez que volvimos a esta mágica isla, llegamos a tiempo para instalarnos y celebrar el primer cumpleaños de Padma, su nacimiento oriental y espiritual.

Tras vivir estos tres momentos tan mágicos en la isla mágica… tenemos la sensación de que el círculo está completo. De algún modo, nuestra relación con Bali ha dado la vuelta completa, todo lo que nos llevó a ella se ha materializado en una hermosa historia de amor eterno. Esto ha sido una señal que nos ha invitado a levar anclas y emprender de nuevo nuestra travesía. Destino: las costas de nuestra tierra prometida.

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2 comentarios en “Bye Bye Bali

  1. todo lo que cuentas es tan distinto a lo que he vivido,.. sin embargo algo hay en mi interior que parece recordar algunas cosas, como si algo de eso corriera por mis venas

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