Surf is life

Éramos una pandilla de inberbes con una única idea: hacer algo diferente a las limitadas opciones que nos ofrecía una ciudad minúscula con pocas alternativas de ocio juvenil. De jugar a las maquinitas en la Camelia  -algunos- o decirle tonterías a las niñas en Apolo -otros- pasamos a patinar y hacer mountain bike…sin por ello dejar de darle al vicio de las maquinitas y las niñas.

Nada de esto tendría ningún sentido si no fuera porque estábamos encaminando nuestro destino en una misma dirección. Aunque por aquel entonces no lo sabíamos, nos íbamos a convertir en una pandilla de playeros. Algunos en nuestra ciudad, Santiago por cierto, nos llegaron incluso a recordar aquello de “más vale ser punki que maricón de playa” …y nos ganamos algunos enemigos. Pero lo cierto es que de playa si que éramos. Todo el año. Lloviera, nevase o hiciese un calor abrasador, de repente no había otro lugar en el que nos sintiéramos más libres y más felices. El motivo no era otro que empezábamos a hacer surf.

Recuerdo las primeras escapadas a la playa en pleno invierno. Teníamos que pillar el Castromil a Noia y ahí esperar por el Celta que nos dejase en el Castro de Baroña o las Furnas (playa en la que por cierto pillé mi primera ola, junto a Marquitos). La movida es que por aquel entonces no teníamos aún mucha idea cómo iba esto de los vientos y el mar de fondo, por lo que la mayoría de las veces, especialmente en invierno, nos encontrábamos con olas montañosas y un desbarajuste total de viento, frío y lluvia. Pero nos daba igual. Estábamos en la playa, con nuestras tablas y nuestros amigos.

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Uno de esos “Secret spots” que clamamos como nuestros, pero en los que casi siempre había un maremagnum insurfeable.

Tras la primera invernada, Miguel (apodado por algún extraño motivo “la puta”) nos dijo que en la playa donde sus padres alquilaban una casa de veraneo “había olas a saco”. Era un misterioso lugar que nada tenía que ver con nuestras ya familiares playas del Castro y Furnas. De hecho, no había bus que llevase hasta allí. Se llamaba Nemiña y estaba en la costa de la muerte. Toda una aventura. Se me ponían los dientes largos sólo de pensarlo.

Tras mucho organizar e informarnos de cómo coño llegar hasta allí, estábamos Manyo, Marquitos y yo en Alcampo comprando los víveres de lo que iba a ser una semana de acampada libre en un lugar en el que nadie, salvo la puta, había estado jamás. A Manyo, lider natural a fuerza de músculo, se le ocurrió que para ajustar el presupuesto al máximo (solo contábamos con nuestra paga semanal) debíamos comprar unas salchichas de oferta y una mortadela apestosa que tenía pinta de cancerígena. Un kilo de mortadela apestosa y unas cuarenta docenas de salchichas. De repente se para, se gira y dice “creo que deberíamos comprar más mortadela por si acaso” (casi me da un patatús), así que volvimos a la charcutería y otro medio kilo de mortadela apestosa. A mayores, 200 gramos de chorizo, otros 200 de queso, una caja de galletas maría, algo de colacao, leche y pan bimbo.

Pillamos un bus que nos llevó a Noia, Muros y luego Cee… y tras mucho preguntar, acabamos pagando 1500 pesestas a un taxista que nos llevó a los cinco hasta Nemiña con todos nuestros bártulos, que eran muchos. Habíamos llevado de todo, hasta un casette a pilas para escuchar música. Lamentablemente todos habíamos olvidado llevar cintas para escuchar, a excepción de Marquitos que había llevado una cinta con canciones de coña (de esas que escuchas una vez y te ríes, pero escuchas una segunda vez y estás hasta los huevos) y el mítico album “Dookie” de Green Day.

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De izquierda a derecha, Miguel la puta, Manyo, Marquitos con su traje “de piel”, Marcos de Vidán y un servidor con traje fosforito…todos en Nemiña durante nuestro primer Surfari, hace ahora 20 años.

Siempre recordaré la lista de la compra, más que nada porque Manyo se zampó el choricito y el queso (“no vés que yo soy más grande que tu y tengo que alimentarme mejor” nos llegó a decir) y se marchó con los demás, excepto Marquirtos, al cuarto día de acampada. Yo no lo podía comprender, y no me refiero a lo de que Manyo se zampase la única comida rica, sino a que se fuesen tan pronto. Ese lugar era acojonante! Nos levantábamos y tomábamos leche con galletas, nos íbamos a una playa por aquel entonces salvaje y desierta, toda para nosotros, con unas olas que percibíamos como buenísimas…y acampados en un sitio genial que nos había dejado “el señor Manolo”, único vecino del lugar y que tenía una esquinita de terreno con lugar para hacer fueguín y churrascada.

En fin… que Marquitos y yo sobrevivimos el resto de la semana a base de mortadela y salchichas, olas para nosotros solos y el contexto perfecto para fraguar una amistad eterna. Bueno, para hacer honor a la verdad, el penúltimo día llamamos a su madre para pedir que nos viniera a recoger y así poder invertir las últimas 1500 pesetas que nos quedaban para el taxi de vuelta a Cee (el billete de vuelta desde allí ya lo teníamos) en una cena como dios mandaba en un restaurante cutroso no muy lejos de allí.  Nemiña se convirtió en nuestra pequeña Ítaca, a la que siempre quisimos llevar a la gente que de verdad hemos apreciado.

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Marquitos y yo tras un día de olas

Por aquel entonces, aún éramos dos pandillas, la de los skaters de la Camelia y luego los demás, que veníamos del mountain bike, o del vespino NLX. Fué, como no, en un castromil de vuelta a Santiago cuando conocí por primera vez a algunos de los de la Camelia. Eran Juan Villanueva y su hermano Poti, Miguelito y Kike.

Al principio algo chulitos, en plan “aquí quien controla el cotarro somos nosotros”, cada uno con su manera y forma empezamos a conocernos. Juntos pero no revueltos, ya que ellos tenían claro quienes eran como pandilla y nosotros, con más o menos nivel de integración, éramos los nuevos. Yo, que siempre he sido un rebotado cuando siento que se quieren hacer los “superiores” conmigo, les respondí a su intento de dominio con algo así como “pues nosotros conocemos una playa con olas mucho más guays”. A lo que todos hicieron ni puto caso.

Sin embargo, poco a poco la lista de surferillos compostelanos que no eran “strictu sensu” de los de la Camelia, así como otros que si lo eran pero con los que hicimos más rápida amistad (esto es, dejamos las niñerías antes) quizá porque no eran del “nucleo duro” de esa pandi sino unos “niñatos” principiantes, empezábamos a hacer piña. Gente como Guille, Sergi, Risos… hoy en día algunos de mis mejores amigos… y luego el gran Xaime, por aquel entonces Jaime y entre medias Cholas. A todos ellos los iniciamos Marquitos y yo en el paraíso Nemiña, y fue a través de esas experiencias (sobre todo una vez que saqué el carnet de conducir y me hice con un coche) que forjamos una amistad imperecedera.

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En pleno trance durante la enésima estancia en Nemiña, esa vez en la casa que otrora fuera la casa de veraneo de la familia de Miguel la puta. De derecha a izquierda: Sergi, Marquitos y Risos…mientras yo, que hago la foto, asomo la cabeza por debajo.

Una amistad que nos llevó a descubrir lugares preciosos, cada vez más lejos de Santiago, con el motivo principal, al menos aparente, de pillar olas; y el motivo latente de profundizar experiencias vitales compartidas.

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Nuestro primer surfari más allá de donde el coche nos podía llevar: Canarias. Fue también la primera vez en mi vida que descubrí el água tropical y las olas de fondo rocoso, mucho más potentes incluso cuando son pequeñas. Lo de pillar olas perfectas en bañador y calorcito fue la antesala de muchos de mis viajes posteriores. En esta foto le salto sin querer una ola a Juan Villanueva, mientras Jaime, de espaldas al fondo,  se posiciona para pillar la siguiente.

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Entre la foto de arriba y esta, han pasado unos 17 años. Sigo siendo yo en bañata, en una ola de izquierdas, islena y con fondo de roca…eso sí, un poco más lejos: Bali. Una imagen vale más que mil palabras para explicar cómo el surfear con colegas impactó en mi estilo de vida.

La época dorada del surfing compostelano se iniciaba y nosotros, casi sin saberlo, éramos sus protagonistas. Llegó entonces la época Tsumani (la primera surf shop de Santiago), las expediciones en manada a la playa, las melenas desteñidas, la moda surfera, las grupis que nos tenían fichados por las noches mientras nosotros botábamos en la pista de baile moviendo nuestras melenas adelante y atrás y desgañitándonos la voz con eso del “fuck you I won´t do what you tell me!!”… y los viajes, cada vez por más tiempo y más lejos.

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Hasta los surfaris eran en manada, creo recordar que este a Portugal fueramos unos 4 coches llenitos…

Pero como todo lo que sube, baja… pues la vida nos fue colocando en diferentes lugares. Algunos se han convertido en empresarios y otros en funcionarios; algunos en jefes y otros en currichos… pero todos seguimos ahí de algún modo u otro. No faltan las ocasiones en las que nos juntamos para ir a la playa, surfear un rato y sobre todo recordar batallitas pasadas. Que si el día en que el Nhu (mi querido amigo Manolo Mella) rompió el traje prestado por Sergi por el culo y cada vez que hacía un pato era como ver emerger a Moby Dick, que si el día que los 3 metros en Seaia, que si el yo le pucho…

Estas navidades volví a Santiago tras año y medio fuera y como no, nos juntamos de nuevo algunos e hicimos de las nuestras. Fuimos a la playa, surfeamos y hasta nos atrevimos a poner en el coche algunas de las canciones que antes gritábamos como descosidos. FER (10)

Con Guille y Risos oteando el percal el 1 de enero por la mañanita, recuperando una vieja tradición de pillar olas mientras los demás duermen la mona.

Fue realmente genial comprobar que todos mis amigos siguen ahí, que cada uno con sus vidas siguen encontrando un rato para ese “tiempo fuera del tiempo”, ese lapsus en el que el resto de las cosas del mundo quedan del otro lado de esa incierta línea que separa la tierra de las olas.

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Arriba Guille y abajo yo pillándonos sendas olas para dar la bienvenida al 2013.

Lo único que eché en falta fue tener más poder de convocatoria para, al menos una vez durante los dos meses que estuve, ser capaces de ir todos juntos en manada a la playa, como solíamos hacer. Pero cierto es que todos estamos a mil cosas, liados en nuestras vidas y cotidianidades… para ejemplo, a mi no me dio ni siquiera tiempo de despedirme como es debido de muchos…y casi se enteraron por facebook de que me había ido.

El surf, no solo como deporte, sino como estado anímico al que te transporta y como cúmulo de sensaciones que te transmite tanto la práctica en si misma como el contexto en el que se envuelve, se puede considerar un estilo de vida. Y no me refiero a una serie de clichés tipo los diálogos de la mayoría de las películas sobre el tema. Ni siquiera me refiero a surfers profesionales que se ganan la vida de surcar el mundo surfeando las mejores olas. Ni mucho menos me refiero a tanto flipadillo -todo hay que decirlo- que se cree superior por ser surfero. No. El surf te conecta con tu ser más íntimo… mientras estás en la ola, vives en el aquí y en ahora, no puedes tener tu mente en cosas del pasado o el futuro, porque la ola no espera. Vas con ella, es algo inmediato e intuitivo. Es lo más parecido a la meditación que conozco, pero mucho más excitante. Además, lo practicas a menudo en lugares que te hacen sentir esa sensación de ubicuidad, de unión con el entorno.

Todo esto unido, te transforma…Y sino que me lo digan a mi, que hasta conocí a la mujer que Amo -y con la que tengo una preciosa familia- en una de esas playas surferas, tras una buena sesión de olas. Seguro que a más de uno de mis amigos, y de los lectores de este post, les suena esto que digo… El surf es vida.

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